Patología: el placer del error ajeno

Parece no caber duda: Los estudios científicos muestran que sentimos placer del mal ajeno. Si nuestra primera reacción ante esta información es pensar “a mí eso no me ocurre” seguramente estamos negando una evidencia y de este modo propiciando que ocurra sin control.

Desde el punto de vista científico los humanos somos biológicamente sensibles a sentir placer en el dolor de los demás. No obstante es bueno establecer un baremo en el que podremos sentir dolor, indiferencia o placer según la relación con la persona y la naturaleza del mal que esa persona sufra. Ante un atentado en tu país natal puedes sentir dolor ajeno o ante un accidente de autobús en el Nepal indiferencia. Tampoco, afortunadamente, somos todos los seres humanos iguales, pero nos unen muchas características biológicas similares. Aunque tendamos a pensar que los latinoparlantes somos más propensos a este sentimiento las pruebas científicas se han realizado principalmente con individuos anglosajones.

Movámonos en este caso en situaciones más suaves, por decirlo de algún modo. Dejemos fuera la muerte y el daño o sufrimiento extremo. Si sigues pensado “a mí eso no me ocurre”, quizás te guste el fútbol (u otro deporte de competición) y seas hincha de un equipo que tiene un equipo rival; posiblemente ahora te plantees analizarlo más detenidamente. O tal vez tuviste un superior que te trató injustamente y ahora se encuentra sin trabajo, o alguien te arrebató un trabajo y le salió mal…

Según señalan los estudios realizados, la envidia juega un papel importante en lo que los ingleses denominan “pleasure of schadenfreude”. La palabra “schadenfreude” se tomó prestada del alemán “Schaden” (daños) y “Freude” (alegría). También el estatus social de las personas que sufren el mal: a mayor estatus mayor placer. Los ambientes competitivos (laborales, deportivos, etc.) fomentan el goce ante el perjuicio ajeno.

No exageremos tampoco el sentido de la palabra placer. La acepción que mejor encaja puede ser la que define el DRAE como “sensación agradable producida por la realización o suscepción de algo que gusta o complace”.

Creo que todos hemos tenido compañeros de colegio similares al personaje Nelson de “Los Simpson”. Ese que siempre estaba ahí para señalarte y reírse de tu caída o golpe y ese otro amigo que te ayudaba a recuperarte sin participar del escarnio. Los lazos familiares y sociales disminuyen o evitan el regocijo ante el mal sufrido, por ello se denomina ajeno.

El profesor J. Calavera dice en uno de sus cuadernos técnicos que debemos aceptar que parte del interés del estudio de patología reside en analizar el error ajeno. La cuestión es: ¿qué parte del interés supone en tu caso? Y aún más: ¿cuánto estoy dispuesto/a reconocer?

Cuando las obras o edificios son más emblemáticos y los autores más conocidos se multiplican las críticas y opiniones sobre cómo debería haberse ejecutado y qué errores se han cometido, así como múltiples soluciones de reparación y propuestas sobre la ejecución ideal.

Pensar, diseñar, calcular y construir tiene sus riesgos, especialmente si lo que se quiere crear es algo novedoso y distinto. ¿Se deben correr estos riesgos o por el contrario quedarnos con la seguridad de lo que ya sabemos?. ¿Buscar el término medio?. ¿Existe el término medio?

Son muchos los agentes que intervienen en una construcción y damos por hecho que todo queda bajo el control de su cabeza visible, pero si tenemos la suerte de ocupar ese puesto comprobamos que es prácticamente imposible.

No me malinterpreten, no estoy excusando a nadie. Cuando alguien asume riesgos debe asumir responsabilidades. Pero para depurar responsabilidades ya existen los mecanismos, organismos e instituciones designadas por ley. Si esos mecanismos no funcionan adecuadamente nuestras críticas y protestas deberían orientarse hacia otro lado.

En los procesos legales solemos utilizar la expresión “ganar o perder un juicio o demanda” como si de una competición se tratase, y podemos perder en cierto modo “el norte” enfocándolo como una lucha entre la verdad (la nuestra) y la mentira (la ajena) cuando en realidad se trata de hacer justicia. Nada más. Y nada menos.

Como consejo, creo que hay que intentar ponerse en la piel del otro para acercarnos a la realidad y a lo humano. Mejorar nuestra asertividad (¡qué buen ejemplo la obra 12 hombres sin piedad¡) Reconocer que las cosas se ven mucho mejor a “toro pasado” y con más seguridad “detrás de la barrera” y que, si tiramos la piedra tal vez no estemos libres de pecado, o de pecar en un futuro no muy lejano. Si vamos con la verdad, la humildad y el respeto por delante encontraremos en los demás lo mismo que exigimos para nosotros. Si conocemos nuestra naturaleza y nuestras debilidades sabremos enfocar mejor nuestra actitud profesional y nuestro comportamiento ante la vida. Esopo dijo: Es bueno no despreciar el error ajeno y mejor aprender de él.

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